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Lunes 19 de septiembre de 2005

“Somos mucho más que átomos, moléculas y reacciones químicas”

La química puede copiar, mejorar y reproducir lo que ofrece la naturaleza y potenciar moléculas para aumentar su efectividad. La investigadora Eleonora Elhalem trabaja para intensificar ese potencial.

Por Federico Kukso (*)


Eleonora Elhalem.

  Se mire por donde se mire, el mundo es un mundo químico. Como ladrillos caprichosos sin voluntad propia, átomos y moléculas sostienen y edifican con poco esfuerzo todo lo materialmente existente. Desde galaxias fastuosas, planetas descoloridos y soles anónimos a los elementos más trillado de la cotidianidad: el papel del boleto del colectivo, la cáscara de la manzana, la tela del pulóver, el cuero de la pelota de fútbol, la piel, los ojos, los pelos y otras tantas partes que forman a un ser humano.

  La composición atómica de la realidad es, en definitiva, una de las verdades más férreas de la realidad. “La química está en todas partes; todo lo que uno ve es el resultado macroscópico de interacciones entre moléculas y átomos, interacciones casi invisibles pero esenciales”, cuenta Eleonora Elhalem, licenciada en Química de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, quien diariamente hace uso de esos mismos ladrillos para sintetizar (léase: fabricar) compuestos y medicamentos más efectivos que los actuales.

– Cuénteme qué hace.

– Primero lo formal. Trabajo bajo la dirección de Juan Bautista Rodríguez en el Departamento de Química Orgánica. Desde que me recibí, fui mudándome de proyectos: comencé trabajando en Chagas, pero después cambié de tema y ahora trabajo con “nucléosidos”.

– Los nucleótidos será.

– No. Yo trabajo con análogos de nucleósidos. Los nucleótidos son las moléculas que construye el ADN y ARN, y están formados por una base, un azúcar y un grupo fosfato. Los nucleósidos son iguales pero no tienen el grupo fosfato.

– Ah, bueno.

– Uno de los derivados de un nucléosido más conocido es el AZT. En la naturaleza hay compuestos “activos” que pueden servir para curar ciertas enfermedades, pero uno no puede simplemente sacarlos de la naturaleza, así nomás. Por ejemplo, porque están en pocas cantidades y no es muy productivo ir por ahí talando medio bosque para sacar sólo medio miligramo de un compuesto. Y a veces el químico quiere mejorar esa actividad, ese efecto que luego tendrá en el cuerpo y para eso hay que sintetizarlo en lo que se llama “análogos”: compuestos que se parecen a esas moléculas que encontramos en la naturaleza pero que de alguna manera uno puede mejorar, hacer que sean más activos. Y ese es mi trabajo: trabajo en química medicinal con una molécula que se llama “Neplanocina C” que tiene propiedades antivirales y antiheropéticas.

– Y... ¿cómo se hace?

– La idea es modificar la estructura de un nucléosido, ponerle cadenas químicas y demás para aumentar su actividad. Idealmente se quiere que las síntesis sean baratas y de rendimiento alto para después fabricarlas en masa. Pero hay que tener cuidado y fijarse que el compuesto sintetizado no sea “citotóxico”, o sea, que mate al virus específicamente sin afectar otras células.

– Bueno, pero ¿cómo se hace?

– Primero se extraen compuestos de la naturaleza. Y después se analiza microscópicamente, a nivel molecular, cómo son: qué átomos están unidos a cuáles y cómo es su distribución en el espacio, un dato fundamental. Es lo que se llama “elucidación estructural”.

– ¿Y después?

– Bueno, sintetizar una molécula es un proceso arduo. A veces hay 20 pasos de síntesis, para llegar a esa molécula que uno quiere. Hay reacciones comunes, estándares, pero otras no, y hace falta un trabajo de prueba y error constante.

– Que puede generar cierta frustración, me imagino.

– No, no se imagina. El trabajo del químico es un trabajo de hormiga. Uno se pone a trabajar en una reacción y no sabe lo que va a pasar, pero aun así tiene todas las esperanzas. Si va bien, se sigue para adelante. Si no, hay que buscar alternativas. Yo no suelo desesperarme en seguida. Tengo experiencia de trabajar mucho tiempo con una sola reacción...

– ¿Cuánto es “mucho tiempo”?

– Y... por ahí cuatro meses.

– Es decir, para la investigación uno tiene que tener mucha paciencia.

– Bastante. Sólo con paciencia averiguamos lo que forma nuestro mundo.

– ¿El químico ve el mundo de manera distinta que un astrónomo?

– Puede ser. Los químicos vamos de lo macroscópico a lo microscópico. No es que vamos por la vida mirando moléculas. Pero es como con cualquier especialización: me imagino que a algunos psicólogos les debe costar separar en una charla de café su profesión lo que está contando un amigo y el análisis de ese discurso. Acá es más o menos lo mismo: trato de no ver las cosas como conjuntos de moléculas únicamente.

– Podría decir que la mirada del químico es una mirada disgregacionista más o menos, de ver la realidad como una sumatoria de partes que interactúan entre sí.

– Tal cual. Uno ve algo y quiere saber qué lo forma. Un biólogo, por ejemplo, ve el ADN como un código, un libro que codifica proteínas. Nosotros, los químicos, en cambio, nos preguntamos ¿qué forma el ADN?, ¿qué es el ADN? Vamos más a los ladrillos, no tanto al edificio, por así decir. Sin embargo, no todo es química y reacciones en la vida.

– Y, no.

– Las relaciones entre personas no están medidas únicamente por reacciones químicas. Conozco gente que sí ve así el mundo y mira todo en función de un proceso físico o químico. Pero a mí mucho no me agrada eso.

– No, a mí tampoco.

– El ejemplo claro es el de la “química del amor”: cuando nos enamoramos se desencadenan miles de reacciones en nuestro cuerpo. Se cree que el cerebro se inunda de feniletilamina que, entre otras cosas, desencadena neurotransmisores, dopamina; el cuerpo comienza a liberar más adrenalina, bueno, se disparan una serie de reacciones en cadena. Igual que cuando se tiene miedo: se acelera el corazón, se necesita más oxígeno.

– Parece que los químicos ven al cuerpo como un reactor.

– Eso lo dice usted, no yo.

– Es cierto, lo digo yo. Cambiando de tema, o no tanto: ¿hay una tendencia en la naturaleza a la sencillez?

– No. Los organismos tienden a ser complejos. Obviamente, si uno compara un ser humano con una bacteria, la bacteria es un organismo simple. Pero al lado de un vaso de agua, la bacteria es supercompleja. Aunque también lo es el agua: tiene que tener cierto orden, estructura, forma, disposición en el espacio. Lo más importante es que las cosas son así por una cuestión de estabilidad. Todo tiende a ser lo más estable posible. Si uno tiene algo inestable, con el tiempo va a tender a estabilizarse. Lástima que no se aplique a la economía...

– Sí, es una lástima.

– Pero sí ocurre en los sistemas químicos. Además, está la tendencia de la naturaleza al desorden, es decir, la entropía. Volviendo a la complejidad: mientras uno habla o duerme hay millones de procesos que tienen que ocurrir al mismo tiempo, y que se tienen que autorregular, por ejemplo. O para comprender una imagen: suceden miles de procesos simultáneos.

– Me decía que la disposición de los átomos en el espacio es fundamental.

– Tome el caso del grafito de las minas del lápiz y los diamantes. Ambos están compuestos por átomos de carbono. Lo único en lo que difieren es en la manera en la que están distribuidos esos átomos de carbono.

– Bueno, no es lo único en lo que difieren: las minas de lápiz son baratas y los diamantes caros.

– Es cierto. Pero a los átomos eso mucho no les interesa.

(*) Página 12.

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