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Míercoles 30 de octubre de 2002

Palabras de Nora Bär en su incorporacion a la Academia Nacional de Periodismo
Ciencia, periodismo y sociedad

  Jorge Luis Borges solía decir que el azar es el nombre que nuestra inevitable ignorancia da al tejido infinito e incalculable de causas y efectos...

  Hoy me toca reconocer que el azar ha sido muy generoso conmigo: me invitan a la casa que reúne a algunas de las personalidades más notables del periodismo argentino. Siento pudor y agradezco humildemente este honor, que no puedo menos que considerar excesivo.

  El sillón que me recibe lleva el nombre de aquella singular cuentista infantil y cronista de viajes de principios del Siglo XX, Ada María Elflein, que -como sintetiza Mónica Szurmuk, compiladora del volumen de relatos "Mujeres en viaje"- fue capaz de lanzarse a recorrer el Noroeste con mirada curiosa y desconcertada, y escribir sus impresiones en momentos en que la literatura de viajes era un oficio casi exclusivamente masculino.

  También por azar, me unen a Elflein una serie de circunstancias. Como ella, soy hija de una pareja de inmigrantes alemanes. También como ella, me recibí de maestra normal y ejercí la docencia durante algún tiempo.

  En 1905, Elflein se incorporó a la redacción del diario La Prensa, donde era la encargada de escribir todas las semanas un cuento para el suplemento dominical. Vivió de la literatura y el periodismo, y "viajó permanentemente por el interior escribiendo crónicas que fueron publicadas en distintos medios de Buenos Aires, dice Szurmuk. Fue la primera argentina que practicó el turismo de aventura. Escaló montañas, navegó en barcos a remo y en balsas a polea, aceptó la hospitalidad de los habitantes de las zonas más remotas, durmió en carpas y hoteles, todas experiencias absolutamente inusuales para las mujeres de la época de las que dejó constancia en sus artículos".

  Ada María Elflein transitaba por caminos solitarios en medio de llanuras vastas como mares y salpicadas, cada tanto, por pueblos teñidos de melancolía.

  Algunos de sus herederos de un siglo más tarde intentamos convertir al lector en viajero e invitado de honor a otra apasionante travesía: el viaje por los confines del conocimiento que propone la ciencia.

  La divulgación de novedades científicas, con la frecuencia y las características que hoy conocemos, es en cierto modo un oficio recién llegado a las lides del periodismo. Las secciones de ciencia y salud, tal como las conocemos, hace algo más de una década que figuran en los grandes diarios del mundo. La Nación, que hace diez años publicó su Suplemento Ciencia al que le siguió un suplemento semanal de salud, hace alrededor de dos años que incorporó estos temas al cuerpo central del diario, esa fragua donde viven y mueren diariamente las noticias calientes del momento.

  Sin embargo, como registra Ricardo Pasquali en su notable Historia del Periodismo Científico en la Argentina -próxima a publicarse-, los antecedentes más antiguos sobre la divulgación de los ciencias en los medios gráficos locales se remontan ya a los últimos tiempos de la colonia.

  Según cuenta, el 1º de abril de 1801, cuando apareció el Telégrafo Mercantil Rural, Político-Económico e Historiógrafo del Río de la Plata, primer periódico impreso del virreinato, "La mayor parte de los artículos sobre ciencias trataban sobre sus aplicaciones tecnológicas".

  Uno de los ejemplos citados es el del 11 de octubre de ese año, titulado Materiales para fábricas de cristales, que describe las distintas materias primas utilizadas en la elaboración del vidrio y su disponibilidad en la región.

  Según Pasquali, otro tema destacado eran los descubrimientos de huesos y dientes fósiles que ocasionalmente afloraban en las barrancas de los ríos o en excavaciones, pero que -ante la carencia de los conocimientos paleontológicos de la actualidad- se atribuían a humanos gigantes de pies descomunales o a que los huesos crecían por... las virtudes fertilizadoras de la tierra.

  Una noticia publicada bajo el título de Fenómeno decía, por ejemplo, que "El terreno de la Villa de Tarija tiene la virtud de acrecentar excesivamente los huesos. Enterrado un cadáver de regular estatura, si se saca después de algún tiempo, se encuentran los huesos sumamente crecidos, por lo cual están algunos creídos que en aquella tierra hubo Gigantes (...) Pero -prosigue-, examinados bien por varios facultativos, es visto que tales Gigantes nunca los produjeron estos Países, y que la magnitud de los huesos proviene de que aquella tierra tiene la secreta virtud de dilatarlos y engrosarlos (...). De esta propia especie eran los huesos que trajeron a Buenos Aires de los confines de Luján, los cuales se remitieron a la Corte pocos años hace, y han dado ocasión a que se escriba que las Provincias Argentinas abundaban de Gigantes, y es falso".

  ¡Se tomaba por falso lo de los Gigantes, pero por cierto que la tierra hacía crecer los huesos...!

  Ya en esos días, el Telégrafo Mercantil se definía como una publicación cuyo objetivo era "instruir y cultivar al pueblo", promover "un entrenamiento mental", e inspirar una "inclinación hacia las ciencias y artes...".

  La preocupación no era nueva. Hace más de veinte siglos, Platón, en el libro Las Leyes, consideraba al analfabetismocientífico como una injuria.

  A su juicio, era inconcebible "El hombre que no pudiera discernir el uno, ni el dos, ni el tres, ni en general los pares y los impares, o el que no supiera nada de contar o quien no fuera capaz de medir el día y la noche, o careciera de experiencia acerca de las revoluciones de la Luna o del Sol, o de los demás astros..."

  Más adelante agregaba: "Me pareció que aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí vergüenza no sólo por mí mismo, sino en nombre de los helenos todos".

  No sabemos hasta qué punto la ignorancia de la ciencia y la matemática contribuyó a la caída de Atenas, pero ya no se discute que el analfabetismo científico es hoy más deplorable y peligroso que en la antigua Grecia.

  Hacia fines del siglo XIX, cuando Sarmiento y toda una generación impulsaron la modernización del país, el progreso científico y tecnológico era considerado el mayor de los valores.

  Luego, el tiempo se encargó de demostrar que la ciencia y, particularmente, la tecnología, tienen múltiples facetas. Es indudable que la aplicación de los conocimientos científicos abonó la prosperidad de los países.... pero también se fabricaron miles de armas nucleares, los gases clorofluorocarbonados,el agente naranja...

  Por otro lado, ya no ocurre como en los tiempos del matemático Euclides que, según se cuenta, cuando un alumno en ciernes le preguntó para qué le serviría estudiar matemática, la respuesta del sabio fue enviar a su esclavo diciéndole: "Dale un óbolo a ese pobre diablo, que cree que tiene que estudiar para ganar algo".

  Hoy, los científicos responden a todo tipo de presiones, tienen que definir temas y líneas de investigación que se adecuen a los requerimientos de la sociedad, enfrentan las dificultades de la falta crónica de recursos y están obligados a justificar el estudio de asuntos que no tienen aplicación inmediata.

  Frecuentemente, la figura del científico cuyo acicate no es más que la búsqueda de la verdad dejó paso a la del empresario. Y la ciencia dejó de constituir una esfera autónoma de operaciones intelectuales para pasar a ser una actividad socialmente determinada.

  Tal vez por eso -o porque, para el Homo sapiens, la búsqueda del conocimiento es una aventura de fascinación inigualable- en la prensa del mundo las historias sobre avances científicos reciben cada vez mayor cobertura. Es más: mediciones formales e informales sugieren que las secciones dedicadas a estos temas atraen el interés de numerosos usuarios de medios de comunicación.

  Desde cierto punto de vista, escribir sobre novedades científicas no difiere mucho de hacerlo sobre la guerra en Afganistán o la campaña presidencial -ambas tienen héroes y villanos, emoción y consecuencias dramáticas-.... Pero convengamos en que -a diferencia de las cuestiones que se relacionan directamente con nuestras preocupaciones inmediatas- contarle al público lego acerca de temas tan abstrusos como la física cuántica, la biología molecular o la nanotecnología es un desafío que pone a prueba las estrategias más imaginativas.

  Es que el periodismo de ciencia está condenado a transitar por un estrecho desfiladero que corre entre dos mundos diferentes: el del laboratorio -selectivo, estricto y meticuloso- y el de la sala de redacción -masivo, caótico y vertiginoso-. Dos mundos que, si no son antagónicos, enarbolan significativas diferencias culturales.

  Un caso analizado en la revista científica The Lancet a propósito de la replicación de un embrión humano por parte de investigadores de la Universidad George Washington, ilustra la asimetría de perspectiva que domina la visión de científicos y periodistas: los científicos consideraban su investigación bajo un cariz positivo, como un aporte a la técnica de fertilización in vitro; los periodistas lo interpretaban como un intento de instalar siniestras fábricas de seres humanos para producir donantes de órganos.

  Este abismo entre la óptica periodística y la científica surge, sin duda, de un modus operandi singularmente distante entre unos y otros, germen de no pocos malentendidos.

  Sigamos con los ejemplos.

  Para los científicos, los resultados de un experimento son confiables sólo cuando otros investigadores pueden reproducirlo. Antes, se trata sólo de especulaciones tentativas...

  Para los periodistas, las ideas establecidas tienen sabor a viejo y, por lo tanto, despiertan mucho menor interés que la investigación fresca y dramática... ¡aunque ésta sea tentativa!

  La facilidad de lectura, para un periodista, es deseable; pero un científico suele sentir que, si simplifica extremadamente su discurso, pierde rigor.

  Ellos valoran a la prensa como un conducto que conducirá la información que desean difundir hacia el resto de la sociedad... si pueden controlarla. Pero con frecuencia se molestan cuando nosotros no abonamos una imagen positiva de sus trabajos, o cuando planteamos interrogantes acerca de sus implicancias éticas y sociales.

  A su vez, ellos -si bien son grandes comunicadores específicos- están acostumbrados a escribir para journals y revistas cuyos destinatarios son los propios colegas. De modo que no les es necesario un gran trabajo estilístico, pueden corrregir y volver a corregir, y tomarse varias semanas para confirmar exhaustivamente cada detalle de sus trabajos para asegurarse de que sea el correcto.

  Pero cuando un periodista toma el tema... tiene muy en claro que no está escribiendo para un círculo de entendidos, sino para una audiencia masiva y heterogénea, con niveles de comprensión variados e intereses disímiles.

  Entonces.... abandona la prosa neutra de la ciencia para transformar el tema en una... NOTICIA... que pueda atraer no sólo el interés del lector más abúlico... ¡sino también el de su secretario de redacción!

  Y, para hacerlo, no vacila en traducir la jerga científica a términos de uso común, más coloridos... pero menos precisos. Así, un receptor celular puede transformarse en una puerta de entrada a la célula, y una partícula subatómica,en un monstruo del submundo de la materia...

  Incluirá en su artículo un contexto que le dé al lector los instrumentos teóricos imprescindibles para valorar la novedad y situarla en perspectiva.

  Echará mano de gráficos, cuadros estadísticos y cuanto recurso facilite la comprensión instantánea de temas que a los científicos les llevaron toda una vida de estudio.

  Se esmerará en detectar las distintas posiciones que surjan frente a descubrimientos controvertidos. Eso, tratando de no descuidar el perfil humano de los protagonistas ni el anecdotario del caso.

  Y, casi siempre, tendrá que hacer todo esto en un lapso de un par de horas.

  Por supuesto, este cúmulo de factores no presagia nada bueno. Es como dedicarse a la acrobacia sin red o el bungee jumping. Con la diferencia de que en un caso uno se estrella contra el suelo y se fractura el cráneo y, en otro, se despeña por los abismos del desprestigio y se fractura el amor propio.

  Es difícil decidir cuál de los dos accidentes es más doloroso...

  En fin, una situación como ésta no puede sino encender pasiones.

  Roger Highfield, ex físico y editor del Daily Telegraph, recordó en la revista Science que cuando él se unió a Fleet Street, la tradicional calle de la prensa londinense, "la fusión fría, el sida y Chernobyl eran los temas del momento. Después fue la salmonela y la encefalopatía bovina. Más tarde les llegó el turno a la comida genéticamente modificada y a la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. Pero a través de todo ese tiempo, hay algo que no cambia: una noticia sólo es atractiva... si los lectores la encuentran interesante y novedosa".

  Stevenson decía algo similar a propósito de la literatura: "Un libro puede tener muchas cualidades, pero hay una sin la cual todas son inútiles: el encanto".

  De modo que los periodistas de ciencia comenzamos el día buscando en el inagotable universo de novedades de todas las disciplinas precisamente temas de interés para los lectores...

  Pero no importa cuál sea el diamante en bruto con que nos obsequien los hados, nuestras noticias sólo llegarán a cumplir su destino de letra impresa después un rudo forcejeo con los aumentos de impuestos, los secuestros, las veleidades del Fondo Monetario Internacional, los escándalos del Congreso...

  El periodista británico Michael Kenward lo sintetizó bien: "Como escritores de temas científicos -precisó- tenemos que trabajar en tres frentes: persuadir a los editores de que la ciencia merece mayor espacio; persuadir a los científicos de que no somos unos completos idiotas que quieren trivializar y teñir de sensacionalismo lo que ellos hacen en pro de un titular llamativo, y persuadir a nuestros lectores de que la ciencia es al menos tan interesante como la vida sexual de los futbolistas y las estrellas de televisión."

  Claro que esta cultura puede tener problemas. Estimula el triunfalismo y la publicación de asuntos que, aunque no son trascendentes... pueden resultar buen tema de conversación.

  Pero, precisamente, si algo está claro es que, más allá de los detalles, para que la ciencia se desarrolle hay que hablar de ella. En los cafés, en los programas de la tarde, en las reuniones familiares...

  Si la ciencia se recluye en una torre de cristal, está poniendo en peligro su propio futuro. Y todo nos lleva a pensar que si el país resigna la ciencia... también.

  Durante una reciente visita al país, Juan Enríquez, el economista mexicano que dirige del programa de Ciencias de la Vida de la Universidad de Harvard, subrayó que el 12 de febrero de 2001 el mundo cambió tan abrupta y drásticamente como el día en que Colón llegó a América. Se trazó un nuevo mapa, dijo Enríquez, pero muchos de nosotros todavía no entendemos a qué continente llegamos. Es el que cartografía la secuencia genética del ser humano.

  El lenguaje de los genes y el lenguaje digital, de unos y ceros, encierran las claves del rompecabezas natural, permiten crear plantas de maíz que producen nylon y hacen funcionar desde las computadoras hasta las radios o los discos compactos y son el motor de la economía actual.

  Enríquez hizo notar que, hace medio siglo, la agricultura dominaba el 40% de la economía mundial. Hoy esa proporción descendió al 4%, y no porque la agricultura en términos de volumen o en términos numéricos haya dejado de tener importancia; sino porque la economía mundial creció a tal nivel en otros aspectos que la agricultura parece, comparativamente, mucho menor.

  Ahora son los que hablan el idioma de la ciencia, el idioma de los genes y el idioma digital, los que se proyectan como ricos. Y los pueblos y las civilizaciones que lo entienden y lo hablan; es decir, cuyos niños entiendan ciencia y hablen este idioma van a ser los países dominantes del mundo. Los que no lo hacen son los que cada día se vuelven más pobres. ¿Por qué? Porque en términos netos son analfabetos en el idioma que ha comenzado a dominar la economía del planeta.

  En términos de índices económicos, un commodity, un bien básico, una materia prima, vale hoy el 20 por ciento de lo que valía en 1845. Y los pueblos que siguen tratando de competir vendiendo materias primas sin conocimiento, serán cada día más pobres con el correr del tiempo.

  Con la ciencia, afirma Enríquez, los países ricos no sólo poseen y producen riqueza, sino que atraen a las personas que hablan el lenguaje científico a sus laboratorios. Los graduados más brillantes de la Universidad de Buenos Aires reciben habitualmengte ofertas de algunos de los más importantes centros de investigación del mundo.

  "Esta economía es portátil -sentenció Enríquez-. Son más valiosas las mentes que llevarse una mina. Más valiosas que quedarse con el petróleo de un país. Esto es lo que cuenta, y los países que no le pongan atención a sus recursos humanos, a su educación, a su gente que puede generar patentes, ideas, empresas, acaban quebrando."

  Y cerró su exposición recordando una advertencia de Einstein en los años 40. El decía que "todos los imperios del futuro van a ser imperios del conocimiento, y que solamente los pueblos que entienden cómo generar conocimientos y cómo protegerlos, cómo buscar a los jóvenes que tengan la capacidad para hacerlo y asegurarse que se queden en el país, serán los países exitosos ".

  El investigador argentino Marcelino Cereijido, afirma que mientras los "países del Primer Mundo ensamblaron un aparato científico-técnico y productivo, y hoy son los que eligen...deciden...inventan....tienen...dominan...dictan las modas... viven de los intereses del dinero que les debemos...., en esta parte del mundo nos limitamos a producir investigadores excelentes pero no tenemos ciencia". La razón, según Cereijido, es que la ciencia depende en forma crucial del apoyo de la sociedad.

  Y a la sociedad le importan los mensajes de los medios...

  En ese sentido, si hay algo que depende de los periodistas, son las palabras. Como afirma Pierre Bourdieu, a través de las palabras, producimos efectos. El nuestro no es el poder del dinero, sino el poder simbólico sobre los espíritus.

  Nuestras palabras pueden tender puentes entre el laboratorio y la calle, entre científicos y legos, entre ciencia y sociedad. Al traducir algunos párrafos del discurso científico del momento, invitamos a nuestros lectores a participar del banquete intelectual del siglo. Y abonamos las mentes con el lenguaje que domina el mundo.

  Esa es la razón por la que la ciencia no puede faltar del panorama informativo actual. Pero hay otra aún más trascendente. Como afirma el filósofo norteamericano Douglas R. Hofstadter, "la ciencia está preñada de fascinación y misterio. No en el sentido de esa curiosidad superficial que se desvanece rápidamente, sino en el del asombro y la extrañeza que sugieren al ser humano la vastedad del cosmos, o lo etéreo de los más mínimos constituyentes de la materia".

  Descubrir que el universo tiene quince mil millones de años, o que podría haber múltiples universos, que nuestra galaxia es sólo una entre miles de millones de mundos posibles, o cuáles son los mecanismos internos de nuestro organismo y de nuestra mente nos ayuda a comprender la grandeza y la banalidad de los asuntos humanos.

  Aunque parecen diverger, los caminos del raciocinio, la pasión y la imaginación siempre van juntos. Más allá de las noticias, el interés de los lectores por el quehacer de la ciencia nace de una incertidumbre compartida ante el mundo.

  Carl Sagan -que supo aunar el amor por la ciencia y por su divulgación- definió maravillosamente esta cualidad fecunda de la prensa científica en su libro póstumo, "El mundo y sus demonios":

  "En todo gobierno sobre la Tierra -escribió- hay algún rastro de debilidad humana. Todo gobierno degenera si se confía solamente a los gobernantes. El pueblo es el único depositario seguro, pero para que exista seguridad debe cultivar el pensamiento. Si no podemos pensar por nosotros mismos, somos pura masilla en manos de los que ejercen el poder. En todos los países se debería enseñar a los niños el método científico.... Con ello se adquiere cierta decencia, humildad y espíritu de comunidad. En este mundo poseído por demonios que habitamos en virtud de seres humanos, quizá sea eso lo único que nos aísla de la oscuridad que nos rodea."

  Señores académicos, señoras, señores...

  Sería una falsedad no admitir que éste perdurará como uno de los momentos hermosos de mi vida. Es por eso que quiero evocar un instante la figuras de Erico Bär y Bernardina Cossen, mis padres, que procedentes de Alemania llegaron a la Argentina en los ya lejanos años treinta. Mi padre ya no está. Pero vaya para mi madre, Mami, aquí presente, a punto de cumplir noventa años en los próximos días, todo el honor que esta distinción significa.

  Muchas gracias.

 

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