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Jueves 27 de junio de 2002

Opinión:
¿Debate o lucha libre?

Por Tomás Buch (*)

  Es un hecho histórico que la tecnología nuclear nació a la conciencia mundial con un crimen contra la humanidad: la masacre de Hiroshima y Nagasaki. Este nivel de eficiencia en la destrucción fue uno de los resultados de la aplicación de la ciencia moderna a las más variadas tecnologías que, con su ayuda, comenzaron a avanzar tan rápidamente que la mayoría de las predicciones que se hacían hace unas décadas quedaron atrás. El mundo de hoy es su resultado, con grandes logros y graves peligros.

  Una ciencia moderna que investiga todo lo que está a su alcance: las intimidades de la materia y el funcionamiento profundo de los sistemas vivos, sin retroceder ante ningún tabú. Y que además, actúa en un medio social y económico, el sistema capitalista que, con su dinamismo en pos del lucro, favorece estos avances como no lo han hecho otros sistemas. Nos da, así, los medios para modificar ecosistemas enteros y para alcanzar con nuestra contaminación los lugares más remotos de la Tierra y aun de sus alrededores.

  Algunos de estos avances tocan temas acerca de los cuales muchos sienten que tal vez deberían haber quedado fuera del alcance de los humanos, porque afectan los arcanos: hemos tocado lo intocable, hemos comido del árbol del conocimiento. Tenemos un hondo miedo de haber pecado. Creo que ésta es la raíz más profunda del temor que inspiran tanto la tecnología nuclear como la manipulación genética.

  Las raíces de este temor son muy profundas, y niegan y reniegan de la racionalidad instrumental que nos guía en la vida diaria. Es necesario reconocer su existencia y su naturaleza, y respetarlo. Negarlo, como hacen muchos racionalistas y tecnócratas, sólo contribuye a ocultar su naturaleza y, considerando la situación cada vez más peligrosa y angustiante en que se encuentran el país y el mundo, hace el juego a actitudes oscurantistas y reaccionarias. Exacerbarlo, como hacen muchos ecologistas, lejos de asegurar que no se sigan expoliando nuestro recursos, contribuye a cortar posibilidades de desarrollo a un país que nada necesita tanto como nuevas fuentes de riqueza.

  Muchos ecologistas rechazan las aplicaciones pacíficas de la tecnología nuclear en su conjunto, pero no reconocen la naturaleza profunda de sus prejuicios. Recurren, entonces, a argumentos ecológicos o económicos. Para ellos, y según el caso, la energía nuclear o bien es contaminante y peligrosa, o es inconveniente por ser demasiado cara.

  Pero estos argumentos se pueden refutar. Es posible demostrar que la radiactividad no es un producto de la tecnología nuclear, sino un fenómeno presente en la naturaleza y en todos los seres vivos. Se pueden comparar la calidad y la cantidad de la contaminación producida por esta actividad y por otras. Los residuos nucleares decaen, aunque algunos tienen vidas medias de milenios: los metales pesados son eternos. Se puede comparar, también, los 8.000 muertos en accidentes de automóvil en un solo año en la Argentina, con los millones de kilómetros recorridos por materiales radiactivos en todo el mundo, en trenes, camiones y barcos, sin un solo accidente.

  Se puede comparar los miles de muertos de la minería del carbón con los cuidados que se toman con el medio ambiente en las instalaciones nucleares.

  Se puede comparar el impacto ecológico de las represas con el de las centrales nucleares; el efecto invernadero está a la orden del día. Se pueden aportar datos reales sobre el más grave accidente nuclear, el de Chernobyl, que son accesibles y ni se parecen a las cifras que manejan los militantes antinucleares.

  Se puede decir que un reactor como los de Chernobyl no hubiese sido permitido en ningún país de Occidente; se puede demostrar que Ezeiza no tiene ninguna relación con Chernobyl y que un reactor nuclear no puede explotar como una bomba: ninguno de estos argumentos hará mella en un verdadero ecologista, para el que todo lo nuclear equivale a la muerte, aunque no siempre sepa justificar su miedo cerval.

  Entonces comienzan las distorsiones, los mitos y las mentiras: según una fuente, en Chernobyl murieron cientos de miles de personas; ni siquiera en Hiroshima y Nagasaki se llegó a tanto. Es interesante señalar que, más allá de las cifras conocidas, el grupo más numeroso de víctimas de Chernobyl fueron varios miles de fetos, víctimas de abortos provocados por el puro temor a la radiación. Según otra fuente, en Gastre nacieron varios bebés con malformaciones debidas al "basurero nuclear": sin embargo, jamás se acercó a Gastre un solo átomo radiactivo (salvo los naturales que están allí desde siempre, por supuesto). Alguien "vio" peces muertos en el río Pichileufu, debido a la planta de enriquecimiento de uranio. Esto no es cierto, pero hay quien lo cree.

  Siempre hay alguien que cree en cualquier cosa: así se originan los mitos.

  Y así llegamos al reactor de Australia y la polémica por sus combustibles gastados. Aquí hay que separar netamente dos aspectos diferentes: uno es el de la constitucionalidad o no del acuerdo o la legalidad del contrato. El otro es el de la presunta peligrosidad del eventual acondicionamiento de dichos combustibles en la Argentina.

  Sobre el primer punto, si hay algo que es evidente es que no existe consenso entre los juristas. Hay una parte de la polémica que es un tanto bizantina: si se trata o no de residuos, si la importación temporaria es o no el ingreso prohibido. Serán los abogados y los jueces los que dirimirán el caso, en la remota hipótesis de que se presentase, tal vez dentro de quince años. Si, entonces, la Justicia decide que el material australiano no entre, no entrará. Pero, puestos a ser jurídicamente precisos en los términos, en ninguna parte del acuerdo ni del contrato se dice que la Argentina o Invap se compromete a realizar el acondicionamiento en su propio territorio, cosa que suele ser ocultada por los adversarios de la aprobación. En todo caso, si alguien tratase de importar algo prohibido, intervendrá la aduana y otras instancias y no lo dejará entrar. Claro, contestan: con la corrupción que hay, entraría cualquier cosa. Pero no: aunque la cantidad no sea grande, un envío de material radiactivo no se puede cruzar por el río Paraná en una lancha como si fuesen paquetes de cigarrillos. Además, ¿quién puede pensar que los prolijos australianos aceptarían tratar con nosotros en condiciones jurídicamente tan precarias? Y, por supuesto, relacionar todo esto con un "basurero nuclear" es una opinión alarmista sin ningún fundamento.

  Otra cosa que se dice es que la ilegal importación de la "basura nuclear" australiana habría sido la condición para lograr el contrato. Más allá de ser falso, este argumento es absurdo: los que ahora hacen este pretendido "trabajo sucio" para los australianos, y lo seguirán haciendo, son los franceses, contra los que Invap ganó la licitación, sencillamente, créase o no, porque su oferta era la mejor. ¿No hubiese sido más fácil darles la obra a los franceses, si la condición era ésa? Pero ese argumento es, además, profundamente ofensivo para los argentinos y demuestra un nivel de colonialismo mental asombroso: implica que no sabemos hacer nada mejor que los "desarrollados" y que sólo nos tiran migajas a cambio de aceptar ser el basurero del mundo.

  En cuanto a la peligrosidad del acondicionamiento en sí: la Argentina maneja esta clase de materiales con competencia y seguridad desde hace cincuenta años. La CNEA falló en llevar adelante una política de difusión que contribuyese a calmar la ansiedad de la gente, ya que, de modo paternalista, siempre dijo: "Nosotros sabemos hacer las cosas, no hay motivos de alarma" sin aceptar que, a pesar de eso, había gente que tenía miedo. Pero también es cierto que la CNEA sabe hacer las cosas y, a pesar de su menguada situación actual, las hace bien. Ahora, lo que pasa es que la gente no le cree nada a nadie, y ¿por qué habría de creerle a la ARN, encargada del control de las 1.712 instalaciones de todo tipo -muchas de ellas de aplicaciones médicas- en las que se usan materiales radiactivos en nuestro país? A esa pregunta no hay más que una respuesta: porque la industria nuclear argentina tiene una tradición de 50 años de hacer bien las cosas. El que quiera creer, que crea.

  Y ahora, al título de esta nota. El debate es una de las condiciones de la democracia. Hay gente que piensa distinto, y ello es bueno y todas las ideas deben confrontarse. Pero la manipulación de la información y de la gente; el todo vale; la distorsión de los hechos más allá de lo reconocible; el uso de seres humanos inocentes para hacerles repetir mentiras, todo eso que estamos viendo en estos días en relación con este tema, ya no se puede llamar debate. No sé si "lucha libre", el término que he usado en el título de esta nota, es un término aceptable, pero el nivel de mala fe que ha tomado esta confrontación sí que es totalmente inaceptable. Se trata de técnicas totalitarias, de las cuales Goebbels se hubiese sentido orgulloso. Se trata de dar una imagen siniestra, y aun delictiva, de una empresa y de una actividad lícita. Ello ofende profundamente a cientos de trabajadores honestos que hacen lo que más pueden para ayudar a la Argentina a salir del marasmo económico, social y también ecológico en el que se encuentra: exportar productos de alto valor agregado.

  Ciertamente, la democracia se debe un debate libre y abierto. Pero se debe debatir hechos y no fantasías: no se puede aceptar que para los que se oponen al acuerdo, ese fin justifique todos los medios de una desenfrenada manipulación de la opinión pública.

* (INVAP)

 

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