Facultad de Ciencias Exactas y Naturales-UBA
  AÑO 14 - NÚMERO 502
  VIERNES, 4 DE JUNIO DE 2004
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La cientificidad de las ciencias sociales en una sociedad precarizada

Tras este título, como síntoma de una situación singular que vivimos, se trata de encontrar las claves que nos permitan articular la constelación histórica del momento con un planteo filosófico-epistemológico como el que sintetiza el tema: Las Ciencias Sociales. ¿Una interpretación de lo singular?

Por Raúl A. Rodríguez (*)

  La reflexión filosófica y epistemológica en las ciencias sociales pretende alcanzar una claridad racional radical hasta sus últimas consecuencias, pero, no por ello, tal claridad puede sostenerse alejada de las nutrientes que generan su contexto, su época, sus experiencias mundanas y las vivencias engarzadas en el mundo que vivimos. Pensar que la racionalidad epistemológica en las ciencias sociales nada tiene que ver con las preocupaciones sociales que sedimentan sus supuestos precientíficos, es erigir a la epistemología como un dispositivo ideológico.

  Pero tampoco entiendo que la preocupación epistemológica debe prestar atención a la realidad social, a través de las mediaciones de las ciencias, sólo por una necesidad ética, o sea, por una disposición voluntaria y moral de los investigadores. Más bien, creo que la consistencia de la racionalidad de las argumentaciones que sostienen nuestras reflexiones encuentran su validación al estar ellas entramadas en el mundo que vivimos. En tal sentido, creo que un desafío es retomar las líneas de análisis que reconceptualizan la racionalidad y su vinculación con la cultura de una época: el mundo vivido.

  Si atendemos a los fines de las ciencias sociales, estas no son estructuras del conocimiento que se reducen a proporcionarnos un criterio de verdad sobre la realidad, sino, ellas mismas, tienen fines prácticos. Estos pueden ser, los de ligar el conocimiento al poder y dominio como, por ejemplo, plantea Michel Foucault, o bien, sus fines son interpretativos, para comprender mejor las estructuras normativas que orientan las acciones de los hombres; tal como plantea Jürgen Habermas al contraponer las ciencias orientadas con fines estratégicos con las ciencias orientadas con fines prácticos; es decir, las ciencias histórico hermenéuticas.

  Lo que reiteramos desde algunas posiciones filosóficas críticas es que no hay conocimiento sin interés y los intereses del conocimiento son, en última instancia, siempre prácticos. Aun, cuando el objetivo inmediato del conocimiento sea técnico - instrumental. El carácter práctico de los fines está dado por el hecho de permitirnos interpretar a los hombres y sus sociedades; a la gente y sus pueblos; y por que trae como consecuencia la expansión de nuestro sentimiento de comunidad. Parafraseando a Richard Rorty, podemos repetir esta sentencia: «Lo que esperamos de los científicos sociales es que hagan de intérpretes de los sujetos con quienes no sabemos muy bien como comunicarnos».

  En consecuencia, el conocimiento científico social tiene la vitalidad que le proporciona ser la mediación ilustrada entre las interacciones sociales con el propósito de hacer efectivas las intervenciones humanas para orientar la vida misma de una sociedad. Esto implica: comprender para predecir, controlar y decidir; explicar, para rectificar el error. Ahora bien, a la hora de mirar a nuestro alrededor, en esta sociedad precaria, debilitada por sus contradicciones, cabe preguntarnos con qué parámetros evaluamos el desarrollo de las ciencias sociales, cómo estimamos los logros alcanzados y cómo argumentamos en torno a las certezas que estas ciencias presuponen. Si retomamos la distinción entre fines explicativos y comprensivos, como contraposiciones metodológicas, vemos que ni las perspectivas galileanas -que atienden a las generalizaciones-, ni las hermenéuticas -que atienden a las singularidades-, han logrado acumular a través de sus desarrollos éxitos concluyentes en las intervenciones sociales que se han propuesto. Es decir, al no alcanzar el éxito prometido, vemos que ni una ni otra perspectiva alcanzan a ser deslegitimadas a partir de sus propias consecuencias prácticas.

  Claro que no podemos atribuir a las ciencias mismas la causa de los males sociales, pero sí podemos sacar algunas conclusiones: Primero, que la ilusión de la modernidad de la que se ha nutrido el conocimiento científico y racional, cuando se traslada al plano político, confía en que el desarrollo tecnológico traerá como consecuencia inevitable la mejor calidad de vida de la humanidad. Que la propuesta de un conocimiento legal, o sea, estructurado a partir de la enunciación de leyes de regularidades, al igual que en las Ciencias Naturales, permitiría una exitosa transformación de la sociedad casi con las mismas certezas que las obtenidas en la investigación fisco-natural.

  Los desajustes cada vez más graves de nuestra sociedad muestran que el poder y dominio no han sido generados por la ciencia misma, sino por el sistema político y social que ha impregnado todas las formas de la vida con una racionalidad instrumental, económica, optimizadora. Una racionalidad que traduce en términos económicos la escala normativa de la vida humana; una racionalidad que con la apariencia de cientificidad y tecnologización de la vida ha subordinado la razón de existencia de los hombres a la ecuación de productividad y capital.

  Cuando me refiero a mundo precarizado entiendo una sociedad debilitada en sus propias aspiraciones emancipatorias por el desarrollo capitalista, porque este genera la agresiva segmentación social como condición inevitable y necesaria para la acumulación del capital; porque esta es una sociedad que es vivenciada desde la inestabilidad, fundamentalmente, desde las desigualdades; la que por otros medios trata de ser aplacada, disimulada, pero imposible, en sí mismas, de ser superadas. Me refiero también, a una sociedad y un sistema mundo (como lo plantea I. Wallerstein) donde la creciente universalización de una moral más democrática, mas tolerante, más celosa de los derechos humanos que le otorga fortaleza en su autoconstitución se contrapone, día a día, a la prepotencia imperial, contra la desvergonzada humillación a la que esta sometida la humanidad y esto, es así, por los más mezquinos intereses del poder imperial y sus socios; me refiero a esta destructividad humana que afecta nuestras condiciones mínimas de existencia en grado alarmante. Pero, por cierto, no todos estamos amenazados de igual modo por esta negatividad; no todos estamos preocupados de igual modo por tales urgencias. Todo ello, en suma, ha sido ya señalado por los pensadores de la Escuela de Frankfurt como así también, por todas las vertientes del marxismo al mostrar que las propiedades emancipatorias de la racionalidad ilustrada y de las ciencias no devienen como consecuencia práctica espontánea para la sociedad.

  Así planteado, el problema de la cientificidad queda dependiente de las consecuencias prácticas que logran las ciencias sociales.

  Visto, desde otra perspectiva, el problema que se nos ha planteado en torno a la explicación de lo singular, cabe recordar que el mismo cobró importancia en el contexto filosófico del historicismo de comienzos del siglo XX. Se ubica como problema de las ciencias sociales en un momento donde las ciencias, en general, y las ciencias sociales, en particular, se conjugaban con la promesa de la cientificidad que ofrecían las ciencias naturales en el marco del positivismo.

  La discusión entre la explicación galileana y la comprensión hermenéutica suponen, ambas, un paradigma: el de la confianza en la subjetividad; subjetividad planteada en términos lógicos o bien, psicológicos; supone la certeza de la autorreflexión de un sujeto aislado que es capaz de encontrar dentro de sí los parámetros de certeza; suponen una relación enunciado- hechos; observador y lo observado.

  Es decir, el problema de la generalización empírica o el de la comprensión hermenéutica de lo singular conlleva algunos supuesto tales como que conocemos nuestros estados mentales mejor que todo lo demás; que el conocimiento es esencialmente representación de objetos; que la verdad de los juicios se apoya en evidencias que garantizan la certeza. Coincidiendo con planteos que resaltan lo que se ha dado en llamar -el giro lingüístico- en la filosofía, una nueva perspectiva hecha luz en la autocomprensión de las ciencias sociales. Aquí se da una nueva concepción del lenguaje, una ruptura con la filosofía del sujeto que había caracterizado a la historia de la filosofía. Pero también, el aporte que proviene desde el filón de la lingüística y que se conforma como semiótica: la noción de discurso social, por ejemplo, son ellos, entre otros, los aportes que cambian el ángulo del planteo entre lo universal y lo singular, y suscitan nuevos problemas en la comprensión de las ciencias sociales.

  Pues, el análisis de la forma ligüística de nuestras vivencias y pensamientos descubre que no podemos abordar una realidad sin que ésta sea conformada por nuestras interpretaciones lingüísticamente constituidas; no hay experiencias que sólo sean accesibles privadamente y que se puedan sustraer a la corrección publica; la verdad es una propiedad de los enunciados que sólo puede ser justificada mediante razones y estas no puede estar acreditadas por la génesis de nuestras representaciones.

  Esto quiere decir que la posibilidad del entendimiento, inherente al lenguaje, sucede en la exposición, la comunicación y la acción. Nos entendemos con otros sobre algo del mundo; como exposición, expresión, pero también, como comunicación y acción. Son en estos actos comunicativos donde los hablantes sostienen pretensiones de validez criticables y que inducen a la aceptación racional de las argumentaciones.

  Dicho de otra manera: somos sujetos socializados donde el conocimiento científico social, por ejemplo, se recorta sobre un horizonte lingüísticamente constituido en nuestro mundo de vida; horizonte entramado por relaciones intersubjetivas que sedimentan nuestras convicciones.

  En consecuencia, nuestras referencias a un mundo objetivo son referencias cargadas de interpretaciones, mediadas lingüísticamente. Estamos inmersos en nuestras propias conceptualizaciones y valoraciones a la hora de construir el conocimiento sobre la sociedad.

  Las ciencias sociales se desarrollan así, a través de un proceso de autocomprensión del hombre como un sujeto históricamente determinado y con una existencia dada a través de las interacciones.

  No son los designios de Dios los responsables de las formas de organización que adquiere la vida social de los hombres: la felicidad y la infelicidad de nuestro mundo. Esta es consecuencia de las intervenciones humanas. Tratar de comprender las posibilidades y limitaciones de tales intervenciones es la razón de ser de las ciencias sociales.-

(*) Fuente: Secretaria de Ciencia y Tecnología, Universidad Nacional de Córdoba.

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